Abusón como es el Sr. Yago Barja ha decidido llevarse todos los libros que había de regalo el solo. Supongo que serán para mantener viva la llama de...su chimenea. Muchas gracias Yago.
El peazo foto montaje es deMr.Sean Mackaoui. Y nos hemos quedado más chulos que un 8
MAR DE LIRIA: QUEMADO POR EL SOL
Los mensajes de Miguel son de los que despiertan el apetito, especialmente si el calor de julio abrasa las dunas de la Gran Vía y el salitre de la corriente del Manzanares ya te ha resecado la garganta. Los chiringuitos de la Playa Real –que es como le llaman ahora a la playa que ha surgido a orillas de Palacio por orden del Señor Alcalde– están hasta arriba de ecobañistas con pancartas postelectorales en las que puede leerse un refrescante: “¡Queremos más playas de secano!”, y que proclaman todos a coro cada vez que asoma una cabeza al balcón de autoridades de la Torre de Madrid, convertida desde hace un par de meses en Consejería de Pesca y Costas. El eco de las merluzas repitiendo la consigna mientras chapotean con sus aletas dorsales en la orilla de la calle Bailén me sugiere un cambio de ambiente y me recuerda, de paso, que la cala de Liria está recién inaugurada y que, con un poco de suerte, oído lo oído, estará bastante menos concurrida. No me lo pienso dos veces, abro el buzón del móvil y vuelvo a leer el SMS que me envió Miguel por la mañana: “Tenemos sol, tenemos mar, tenemos 1 fiesta en el paladar”. Ya que el Mare nostrum al fin es nostrum –me digo mientras se me va haciendo la boca agua salada– me doy un último chapuzón en el acantilado del Conde Duque y corro a cumplir con mis necesidades gastronónicas a la sombra de la Taberna de Liria.
Soy un veraneante afortunado. Me explico. Miguel [se me pasó comentar alinicio de esta crónica fotográfica o pie de foto larguito, ustedes eligen, que él es el chef de la Taberna de Liria desde hace 20 años: “¡Hay que ver lo que han cambiado estas calles con tanta mar salada!”, cuentan que exclamó el día del reestreno de su taberna con vistas al mar] me ha reservado la mesa del comedor de la entrada, en ese rincón que está frente al dibujo de una mano que se vuelve pez Sanpedro. No tengo que mirar dos veces la metamorfosis para comprobar que el animal está realmente contento de ser pescado: baila en un plato con un mar de fondo y…, en esto, va y me guiña un ojazo descomunal. El camarero me sirve un Daiquiri con sorbete de fresón –”dulcecito y salvaje”, me vocea desde la barra por lo baal ni Miguel, que también es barman alquimista–. Lo bebo de tres tragos, pido otro más y me entretengo un rato leyendo la carta. “Nuestro cocido con vistas al Mar” debe saber a gloria roja del Mar de Alborán –pienso... y me imagino en ello–. Incluye una Bullabesa con fideos y setas, un Bacalao asado con sus lentejas, un Pez vela frito con salteado de arroz y verduras , Queso de cabra de postre y Mojito de sorbete de naranja para divertir la boca. No debo mezclar –me advierto–. En esto llega Miguel, y me recita lo que él llama “Menú del chiringuito de Liria”. Mientras lo recita, la cabeza de cabracho que me observa desde el hueco de otro marco de la pared, convenientemente coronada por un servicio de pala y tenedor de pescado, colea asintiendo. Sigo su recomendación y me dejo llevar por las sugerencias de la casa.
El festival arranca, ¡al fin!, con una Ensalada de tomate con chanquete de sepia seguida de un Ajoblanco de peras . El contraste de mar y huerta resulta inspirador. Y con la colaboración de una copita de cava de Mas Tinnell, que me transporta a un valle de oro, todas las esencias del ingenio del restaurador playero fueron a convertirse en un sólo perfume, delicado y complejo. Saboreo el cava y me entretengo escaneando el ambiente. En el otro comedor, un pareja muy simpática de doradas con vestido a rallas muy escotado no deja de parlotear ante lo que parece una Fideuá con carrillera de ternera . Digo “me parece”, pero estoy bastante seguro de la identificación a distancia, porque devoré una similar el pasado jueves, que había cena de abadas. “Esto se merece un buen albariño, uno de esos con sabor a prado y ecos de romería. ¿Qué tal un Fillaboa?”, le sugiero ahora al chef haciéndome el experto. “ El tartar de atún de almadraba ahumado con verduritas es un buen maridaje para su vino”, me responde con ligero acento afrancesado y ademán versallesco, al tiempo que posa el plato sobre la mesa. Se nota que Miguel, lo gabacho lo lleva en la sangre; no como me pasa a mí, que es un hábito adquirido a fuerza de voltaires de escapadas transpirenaicas y de mucha Raie au beurre noir . Doy cuenta del plato, verduritas incluidas. Ya me decían de chaval que el baño de mediodía abre mucho el apetito. Y el mío es de Heliogabalo. Por eso no le hago ascos a la propuesta definitiva del chef , una brutal Gamba roja en papillote con cebollas y manzanas asadas a la que hinqué el diente por la cabeza, como debe ser, del bigote a la cola, con permiso de la vaporosa guarnición que, por suerte, le había robado un justo toque de sabor.
Cuando estoy dando cuenta de la botella, regresa Miguel de su cocina y me suelta: “¿Y de postre, qué desea el caballero?” Le dejo recitar la carta una vez más. Pero como ya estoy bastante tocado, le hago repetir el capítulo de los chocolates, que en la Taberna de Liria es todo el año un espectáculo en blanco y negro, con muchas bombas sorpresa. “Cordura, mantén la cordura”, me vuelvo a decir. Hago caso a la voz, que no procede precisamente del estómago, doy un requiebro y pido un Helado de flor de azahar . La maravilla me llega en copa con bolas: Chapeau, monsieur! C'est fantastique!, le comento nada más terminar la última bola. Pero ya no está, se ha vuelto a ir a la cocina y me ha dejado a solas con mi cucharada. “Estoy perdido –me digo intentando reflexionar–. Cuando me da por charlotear en francés es que estoy bastante cocido, no falla”. Así que pido la cuenta sin levantar la voz, recojo la bolsa de playa y me dirijo a la puerta. Al salir, creo oír un: “¡que disfrute de su baño, monsieur !” Me doy la vuelta y le veo con medio cuerpo fuera de la fachada y una mueca divertida, de compinche fogonero. Le contesto con otra mueca, cruzo la calle y paso de largo por la verja del coto privado de caza, y ahora también de pesca, de la señora duquesa (vecina) de Alba. Veo mi toalla a lo lejos, en lo alto de la peña de Luisa Fernanda. Me desvisto. El agua está fresca y da gusto nadar a favor de la corriente del Canal de la Princesa. De los ecobañistas de la mañana no queda ni rastro: es la hora de la siesta.“¡Qué bonita es la playa de Madrid!” –grito al cielo–. Y duermo toda la tarde clavado a mi peña de hormigón. Me levanto como nuevo y, de regreso a casa, al pasar frente a la puerta de la chiringo/taberna cerrada a cal y canto, me acuerdo de aquel cocidito madrileño de Pez Vela. Me detengo, agarro el móvil y contesto al mensaje de la mañana con una apetitosa proposición: “Mñana, tras 1 chpuzon al sol… kiero el ccido de pex vela. msma msa: a la fresca!”
Yago Barja
Millón de gracias Yago. Te hemos puesto en nuestro altar.
En el de vudú, por supuesto. Que manera de arruinarnos el día. A tí y a Sean.
¿Alguien sabe con quién hay que hablar para que nos traigan el MAR de una vez?